Dichosa, así se veía en ese instante. Era la culminación en su vida,
para lo que una se preparaba casi sin darse cuenta.
“Era como debía ser”. Esos largos meses
los había dedicado a imaginar cómo sería su existencia a partir de ese momento. ¿Cambiaría
su vida? No había ninguna duda. Lo haría.
Le preocupaba el desenlace. Un poco
o quizá un mucho, no quería pensar ya que la asustaba. Sabía que en función de lo
que pasara, su vida sería mejor o peor, pero no quería elucubrar sobre eso. ¡Aún
no! En sus oídos, sin escucharlas, seguían las voces y rezos arraigados en años
de uso de su madre, la abuela y quizás también las de su suegra.
Vivía en una sociedad moderna aunque para ellos nada hubiera cambiado. Se
sabía conservadora, amaba a los suyos y no quería decepcionarlos. Pero, muchas
de sus creencias no las comprendía e incluso había algunas de las que dudaba o
rechazaba, pero nada decía. Intentaba llevarse
lo mejor posible con el allí y el aquí, no quería ambivalencias que los
hicieran sufrir ni a ella ni a los suyos, odiaba las desavenencias que no
llevaban a nada, le desagradaban las rivalidades y desafíos sobre cosas que no
sabía. A ella le gustaba tender puentes y unir
espacios, no añadir lejanía. En su rostro, el anhelo de quien lo único que busca
es la felicidad y la paz a su alrededor.