Amalia miró a su alrededor desconcertada, se
apartó hacía atrás el cabello que caía desordenado alrededor de su cara,
suspiró y esbozó una mueca de desesperación. Contempló sus manos manchadas aún de
sangre y sus ojos intentaron enfocarse en la realidad, no conseguía volver del
pozo de angustia en el que estaba sumergida.
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¡Dios mío que he hecho!