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4 de noviembre de 2018

Jazmín, bergamota y alguna hebra de vainilla



Lo primero fue su olor. Aisló las notas de cítricos, la bergamota o la vainilla de su perfume y se centró en el aroma de su piel, desnuda, sin más añadidos. Era el único que le interesaba. Auténtico, cálido, lleno de deseo aunque seguramente ella ni lo sabía. Javier disfrutó de esos momentos en los que la mujer se movía cerca de él, llenó sus pulmones para mantenerla lo más cerca posible.  

Ella se alejó dejando atrás la canceladora de billetes y una sutil estela de vainilla. Se acomodó varias filas detrás de él y cada vez que se movía le llegaban sutiles trazos de su olor. Sentía palpitaciones intensas.

Escuchó la vibración de un teléfono y lo siguiente, una voz, no una cualquiera, la suya. Era como la había imaginado, grave, llena de burbujitas de aire y a ratos la acompañaba su risa, con tintineos como esos llamadores de ángeles que estaban tan de moda entre las mujeres.

Ana la conductora le preguntó si aquella mañana iba a otro lugar. Se levantó a toda prisa deseando no parecer demasiado patoso. Bajó y al arrancar el autobús sintió una sensación de tristeza. 
Eran las 08.33.

23 de diciembre de 2014

¿Sabes quién soy?





-          ¿Sabes quién soy?  

La vehemencia con la que el hombre se dirigió a ella, la asustó. 
Como otras mañanas, al pasar lo había saludado, pero ahora estaba desconcertada y muy nerviosa.

- ¿Sabes quién soy? ¿Me conoces? – volvió a repetir el hombre mirándola fijamente.

En su cara se leía la desesperación, el temor y la angustia. Eso, estaba asustando a Elena. Su intensidad, su miedo. Intentó no mostrarlo, que él no notara nada. Tragó  saliva antes de contestar con suavidad.

- Sí claro, eres Javier.

La mujer sonrió, intentando aparentar una calma que no sentía. 
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