Lo suyo no había
sido un amor de impaciencia, no había surgido en un instante, no había habido
ni chispa ni primeras impresiones ni por supuesto amor a primera vista.
Lo
suyo, había sido, si se podía llamar así,
un amor de largo recorrido, de muy largo recorrido. Un amor de
contradicciones y desapariciones, un amor que llenó de esperanza la
desesperanza.
Manuel aún
recordaba la primera vez que la vio. La odió casi en el acto.
- Manuel – su mujer estaba entusiasmada -
quiero presentarte a Nana. - Los tres se miraron. - Nana este es Manuel.
Ella era
entusiasmo, vitalidad, juventud y optimismo. A su alrededor, un remolino de
risas, alegría, rizos oscuros y enormes ojos marrones. Ella era vida,
desbordante y extenuante, que compartía
con los otros, sin pizca de egoísmo ni de maldad. Él estaba agotado y rabioso contra el mundo.
Manuel, en aquel
instante, ya supo, de manera inconsciente, que su vida iba a cambiar. No le
apetecía lo más mínimo pero sabía que no había opción, era sí o sí. Esa
certidumbre consiguió aumentar aún más su inquina por la nueva.
Lucía su mujer, la
adoraba. Cuanto más la quería ella, más resentimiento se generaba en él. Le
resultaba difícil explicar por qué sentía ese odio visceral hacía ella. Quizá
fuera su desbordante vitalidad, su juventud o todo ese ruido que siempre la
precedía, Manuel no sabía qué era, simplemente le molestaba que ella estuviera.
No la quería allí, no la quería compartiendo su vida, o mejor, lo poco que
quedaba de su vida.