18 de diciembre de 2014

Una pequeña historia de amor

  

Lo suyo no había sido un amor de impaciencia, no había surgido en un instante, no había habido ni chispa ni primeras impresiones ni por supuesto amor a primera vista.
Lo suyo, había sido, si se podía llamar así,  un amor de largo recorrido, de muy largo recorrido. Un amor de contradicciones y desapariciones, un amor que llenó de esperanza la desesperanza.

Manuel aún recordaba la primera vez que la vio. La odió casi en el acto.

-  Manuel – su mujer estaba entusiasmada - quiero presentarte a Nana. - Los tres se miraron. - Nana este es Manuel.

Ella era entusiasmo, vitalidad, juventud y optimismo. A su alrededor, un remolino de risas, alegría, rizos oscuros y enormes ojos marrones. Ella era vida, desbordante y extenuante,  que compartía con los otros, sin pizca de egoísmo ni de maldad. Él estaba agotado  y rabioso contra el mundo.

Manuel, en aquel instante, ya supo, de manera inconsciente, que su vida iba a cambiar. No le apetecía lo más mínimo pero sabía que no había opción, era sí o sí. Esa certidumbre consiguió aumentar aún más su inquina por la nueva.

Lucía su mujer, la adoraba. Cuanto más la quería ella, más resentimiento se generaba en él. Le resultaba difícil explicar por qué sentía ese odio visceral hacía ella. Quizá fuera su desbordante vitalidad, su juventud o todo ese ruido que siempre la precedía, Manuel no sabía qué era, simplemente le molestaba que ella estuviera. No la quería allí, no la quería compartiendo su vida, o mejor, lo poco que quedaba de su vida.


El tiempo ganó una pequeña batalla y se adaptaron a una rutina. Manuel la ignoraba y ella se empeñaba en seguirlo por todas partes. Había decidido que no quería quererla, que no necesitaba una presencia nueva en su vida, quería seguir como siempre, concentrado en su día a día, viviendo el presente, con miedo al futuro.
La enfermedad de Lucía entraba en su fase final, los médicos les dijeron que era cuestión de días, a lo más un mes. Se moría y Manuel quería concentrarse en ella, en devolverle todo el amor que ella le había dado.

No estaba preparado para vivir solo, no creía poder resistirlo, no pensaba hacerlo. Su mujer lo conocía e insistía en que Nana lo acompañara, que estuviera a su lado. Sabía que él llevaba mal la soledad, que no quería vivir sin ella y Lucía no estaba dispuesta a eso. Pensaba luchar otra vez por él, como había luchado después de saber que nunca tendrían hijos. Manuel los deseaba con vehemencia, no creía ser una familia sin hijos. No había podido ser. Habían hecho muchos intentos y no habían llegado. Finalmente se rindieron a la evidencia: no tendrían hijos, se tendrían el uno al otro y vivirían para amarse. Así habían compartido la vida: aprendieron a comprenderse sin palabras, sólo con una mirada; a tolerar las imperfecciones y los defectos, a ser desinteresados y anteponer los deseos del otro…y habían sido felices.

Ahora todo tenía que cambiar. Nana había llegado a casa para evitar que él se dejara morir de tristeza. Nana lo ayudaría.

Cuando Lucía se fue, Manuel se hundió. Ella había sido su mundo, su razón de luchar, su día a día. Se sintió solo muy solo. A su alrededor todo era negro y oscuro. Nada era importante, nada tenía sentido. Manuel sólo quería pasar las horas en un sillón mirando una televisión que no veía, preguntarse por qué ella ya no estaba allí, por qué el mundo no se daba cuenta de su tristeza, por qué todo continuaba sin ella.
Se sentía desvalido. Las horas se hacían días y los días eran un sinfín de tiempo sin sentido. Pero Nana estaba allí y le insistía en moverse, en salir, en vivir. Él no quería pero ella no lo dejaba, una y otra vez lo obligaba a vivir. Manuel se enfadaba, pero al final hacía lo que ella quería. Nana reclamaba constantemente su atención, de forma insistente, no cejaba en su empeño hasta que él no se movía. Ella lo obligaba a levantarse, a moverse, a comer, a salir a la calle. Todo era un esfuerzo pero Nana lo obligaba.

Y poco a poco, Manuel empezó a descubrir que la vida seguía. Olvidó el rencor y aprendió a mirar sin resentimiento. Se dio cuenta que había vivido, que había amado y había sido amado, aprendió que es mejor amar y perder que jamás haber amado.

Manuel pudo reconocer el último regalo de su mujer, al poner en su vida a aquella chispita de  entusiasmo y de vitalidad que era la perrita Nana.

Manuel pudo, al fin, reconocer que él también la quería.        

Conxita.Casamitjana
Unsplash by Rula Sibai                                                                                                           Código: 1412182801860                                                      

6 comentarios :

  1. Final inesperado. Una historia de amor y de pérdida...La vida misma.
    Un abrazo.
    Me quedo por aquí.

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  2. Hola!!! Me ha gustado mucho el relato ^^
    Me quedo por aquí ^^
    Un beso!!!

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  3. Muchas gracias Sara por tu comentario.
    Bienvenida!
    Seguimos "leyendo-nos"...
    Saludos

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  4. Magnífica historia, estupendamente contada. Enhorabuena!

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  5. Muchísimas gracias. Se agradecen estos comentarios que animan a escribir.
    Saludos

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Mil gracias por tu comentario.
Conxita

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