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17 de marzo de 2019

Lo que duele



Aprende de las personas equivocadas a valorar a la persona correcta
Benjamín Prado

—Sí mamá, en media hora estaremos en casa—. Max terminó la llamada, se encogió de hombros mirando a Laura y a sus amigos.

—Lo siento Pablo. Nos tenemos que marchar. ¡Mi madre está imposible! Anteayer nos hizo lo mismo y la semana pasada ni siquiera pudimos salir a tomar una copa con Sara y Bruno porque tenía vértigos.

Laura sonrió con tristeza.

—Se siente muy sola cariño y está muy mayor.

Pablo miró a sus amigos mientras recordaba las veces que doña Angelita les había hecho cambiar de planes siempre con la misma excusa «de lo sola que estaba y lo poco que Max la cuidaba». Desde que enviudó, Max era el único de sus hijos que estaba pendiente de ella y de todos sus caprichos. Ya era a los cincuenta así y no pensaba que con ochenta hubiera mejorado. Se despidió de sus amigos pensando que «aquella vieja egoísta no les había dejado disfrutar ni de un par de horas después de un año sin verse».

18 de noviembre de 2018

Tiempo de almendras verdes



—¡Mamá están sin hacer!

Marta sonrió mientras se recordaba diciendo lo mismo.

Mientras papá sacaba la bujía y la limpiaba, mamá esperaba cogiendo un puñadito de almendras verdes. «Es que hacía la perla cada poco y a mí no me importaba esperar». Se sentaba en el bordillo de la carretera y lo miraba refunfuñar porque nunca había sido muy hábil para las reparaciones pero lo intentaba y eso a ella le gustaba. Ahí le había cogido el gusto a las almendras tiernas.

24 de septiembre de 2018

De veraneo



Blanca cerró la maleta mientras escuchaba refunfuñar a lo lejos a Juan sobre el exceso de equipaje. Cada año se proponía reducirlo pero los «por si acaso» pesaban demasiado. «Mujer prevenida vale por dos» decía su abuela y era lo que le respondía a Juan que insistía en que «no iban al desierto y que había tiendas». 
Lucas merodeaba junto con Roco, nerviosos ambos, protestando porque «¡Querían marcharse ya!». 

18 de febrero de 2018

Para vestir santos



El día de Reyes siempre íbamos a comer a casa de las tías. Nos esperaban en la puerta de su casa con una sonrisa enorme, nos besaban con mucho ruido como hacen las personas mayores y desde allí ya veíamos los regalos que nos esperaban debajo del árbol de navidad.

21 de abril de 2017

En un segundo

Carlos jugueteaba con Lucas que, sentado sobre la cinta transportadora del aeropuerto, reía, su risa le hacía tanto bien.

Por fin había conseguido que Gabriela le dejara llevarse al niño ese fin de semana a Sevilla, los abuelos habían estado tan contentos y había jugado con sus primos, esos que tanto le faltaban desde que se había separado de Gabi.

Estaba agotado, Lucas era un terremoto. Era consciente de que estaba un poquitín mimado y siempre acababa cediendo a sus deseos, como ahora sentado a ratos donde no tocaba pero le sonreía con esa carita pecosa que tanto lo emocionaba y no podía negarle nada.

3 de abril de 2017

Mujeres sabias


Esa mañana su hija la había llamado para preguntarle si podía recoger a la niña, la canguro la había dejado colgada. «Por supuesto que podía», le gustaba esperar a la pequeña en la puerta de la escuela y compartir esos ratos ellas dos solas.


17 de marzo de 2017

El Mausoleo



Por fin estaban en la casa nueva Ricardo no podía ocultar el orgullo que sentía mientras miraba a su alrededor.

«Es la casa que nos merecemos».

Lucía se lo repetía una y otra vez, estaban entusiasmados.

«La gente te valora por lo que ven» y él estaba de acuerdo, estatus y comodidad, lujo y poder.

26 de febrero de 2017

Un día más y ya son 19.345








Alicia acabó de poner los platos en la mesita frente a la chimenea, encendió una vela y miró con satisfacción el efecto creado mientras sonreía satisfecha.

«Perfecto».

15 de enero de 2017

Amapolas




El tiempo parecía haberse detenido como si no encontrara ningún motivo para continuar avanzando, la respiración monótona también parecía seguir su propio ritmo, uno que solo ella conocía.

Quietud y tensa espera.

El sol entraba por la ventana luciendo espléndido y sin ni siquiera disculparse por alegrar la estancia porque, aunque no debería, lo hacía sin contemplaciones.

Silencio, algún roce de tejidos y la respiración: inhalar, exhalar. Fuera, ruidos amortiguados, voces tenues. Dentro, opresión, silencio y miedo.

Unas manos acariciando con suavidad a otras inertes, la súplica en cada uno de los pensamientos. 

—No me dejes, por favor no me dejes.

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