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10 de diciembre de 2017

Como cada día




Como cada día y a la misma hora acabaron su paseo en las escaleras del parque, Manolo, Athos, Portos, Aramis y Dartagnan miraban pasar a la gente, de tanto en tanto alguna carantoña o una chuchería y seguían mirando. Dartagnan era el más joven y a veces no contenía sus impulsos cuando las palomas se acercaban pero el desinterés de los otros apagaba sus ansias.

Manolo era el director de esa pequeña orquesta de soledades, decidía el cómo y el cuándo y en ordenada secuencia todos ejecutaban los mismos movimientos. Antes de que el reloj tocara la media, se levantaban como accionados por un resorte y se alejaban con pasos lentos. Sin palabras. Sin sonidos. Solo el paso del tiempo.

12 de octubre de 2016

Mirar más allá


Se dedicaba a escuchar a las personas, a verbalizar aquello que seguía allí como una rémora sin dejarlas avanzar. 
Era bueno, muy bueno y eso se traducía en una cuenta corriente muy saneada y en unas listas de espera que no dejaban de aumentar igual que el precio que hacía pagar por sus servicios. Tarde o temprano todos acababan teniendo problemas de amor, unos por mucho y otros por poco pero era algo tan común que hacía años había decido especializarse en ese tema.

21 de enero de 2015

El mirador de sexo

Eran las 20.30, Pablo cogió el libro y las llaves del coche, después de dar una última ojeada al recibidor, cerró la puerta con suavidad, intentando no hacer mucho ruido. Ya en la calle, se dirigió a su coche, un anodino utilitario de un color azul oscuro.

Conducía despacio, no tenía prisa. A su alrededor todos parecían ir muy acelerados, él no. Al llegar a su destino, redujo la velocidad, intentando decidir dónde estacionar. Aún era pronto y aquel descampado estaba ya muy concurrido.
Lentamente condujo hacía un extremo, su favorito, frente al mar. Se situó al lado de un coche ya aparcado y ocupado por una pareja. Era un Volvo, impecable, aunque ya con algunos años.

Apagó el motor. Encendió la luz y sacó su libro, aunque nunca leía ni una línea, siempre lo llevaba encima. Se relajó y miró a su alrededor, fijándose, ahora sí, en la pareja del volvo. Se besaban. Se besaban apasionadamente o lo habían hecho hasta escasos segundos antes. Su llegada los había importunado, parecían esperar a que él saliera del coche para seguir. Pablo casi sonrió. “Menuda decepción iban a tener”.

4 de enero de 2015

Peter Pan y yo





"Seguro que es él".
Mónica, coqueta, observaba al hombre. Se miró de refilón en un espejo, gustándole lo que veía.

Luchaba con energía contra dos de sus más terribles miedos, la soledad y el paso del tiempo. 

El resultado, con frecuencia, era desigual. 
Intentaba neutralizar al tiempo en su cuerpo, a base de sentadillas, lunges y abdominales, pero su DNI jamás le dejaba olvidarse. Aún y así con frecuencia, creía que todavía ganaba.

En cambio, su soledad, era más difícil de calmar. Se rendía ante su poca capacidad para vencerla. Ella, poco o casi nada, podía hacer. Escasos instantes de felicidad cuando iniciaba el tonteo con alguno de sus admiradores e imaginaba que había un futuro.


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