14 de diciembre de 2014

Una mujer invisible






"Voici mon secret. Il est très simple: on ne voit bien qu'avec le coeur. L'essentiel est invisible pour les yeux". 
Antoine de de Saint-Exupéry

¿María?" "¿Dónde está María?" "¿Alguien ha visto a María?"María, ¿dónde estás?"

Esas palabras la habían perseguido toda su vida. Ahora, en aquella cama de hospital, mientras se duerme, le parece que para siempre, sonríe divertida.
Imagina la sorpresa de sus familiares y amigos cuando descubran que la mujer invisible, lo era porque ella quería, no porque nadie la hiciera invisible. 

Recuerda que al principio, de muy pequeñita, le producía sorpresa darse cuenta que podía estar al lado de cualquiera y nunca la encontraban. Insistían e insistían y no la veían hasta que ella decidía hacerse visible.

Hubo un tiempo en que eso, quizá la preocupó, hasta que decidió hacer de su "defecto", una virtud. Fue fácil, la gente no tiene miedo de lo que no ve.
Nunca era una amenaza porque jamás la vieron. 

Las personas conocidas y desconocidas hablaban a su alrededor sin ningún cortapisa, tal y cómo les parecía. Escuchó muchas conversaciones inútiles, muchas. Escuchó dolor, envidia, amor, éxitos, negocios fracasados, oportunidades, ideas, y descubrió un mundo volcado en la apariencia dónde ganaba, sorpresa, el que menos se hacía ver. Podía estar con cualquier persona, en casi cualquier sitio y jamás sobraba. Nadie la veía.

Así se aseguró de invertir en su propio beneficio, cubrir todos sus gastos presentes y futuros sin ruido. Era tan divertido ver la sorpresa de la gente cuando aquel negocio seguro, que sólo ellos conocían se evaporaba. Cuando aquel local reservado o aquella oportunidad impresionante, de repente ya tenía dueño. Cuando aquella empresa que nadie sabía que se vendía, se encontraba comprada. 
Siempre había otro más avispado que se había adelantado. Y siempre era ella, la mujer invisible.

Se divertía.



María en su cama esbozó una sonrisa. Quizá la bolsa fue su mayor aliada. Ese gran juego de azar, de informaciones secretas que se compraban y se vendían y cuanto más secretas, más valor tenían. Ella siempre las tenía todas. La bolsa, le proporcionó incontables alegrías y ganar mucho dinero, mucho, más del que podía gastar ni gastaría jamás en su vida.

Mientras nadie la veía se construía vidas distintas. Y de tanto en tanto, para divertirse, se dejaba ver. Era tan fácil, sólo tenía que colocarse una peluca y adornarse con ropas caras y joyas, de repente todos la veían. Se convertía en otra persona que charlaba, reía, y vivía.
Cuando se cansaba de aquello tan superficial y conseguía lo que buscaba, se despojaba de todos esos abalorios y vivía su vida, aparentemente, gris. En esa vida, ayudaba a los que lo necesitaban, sin recursos, proporcionaba empleo a gente desesperada, a estudiantes brillantes y a otros que necesitaban un empujoncito, colaboraba, donaba, participaba...Siempre desde el más absoluto anonimato. 
Regalaba su amor y su solidaridad, sin grandes gestos y sin darse cuenta de cómo iba dejando una huella en aquellas personas. Una tras otra se enamoraban de la bondad de la mujer invisible y siempre la buscaban y no la encontraban. Con frecuencia, las personas invisibles, las que siempre estaban sin pedir nada a cambio, sólo se valoraban cuando ya no estaban. ¡Qué triste!

Pero María tenía otra vida que la llenaba de satisfacción, le encantaba hace la vida imposible a aquellos que la decepcionaban.
Mujer de buen conformar en su lado gris, se volvía fría y calculadora en su lado más oscuro.
Investigaba, difundía, denunciaba, hasta conseguir castigar a aquellos que la fallaban. Los odiaba. Ella veía el sufrimiento de la gente sencilla, que con frecuencia pagaba las frivolidades de los poderosos. Ella podía y por tanto hacía.

Creó una agencia de investigación, una legión de personas que trabajaban para ella y no lo sabían. Todo en su lado oscuro era válido. Las redes sociales la ayudaban, informáticos anónimos y hackers desencantados eran sus grandes aliados. Creó su propio periódico especializado únicamente en destapar los trapos sucios. Su independencia económica y política, no deber nada a nadie y que nunca supieran quién estaba detrás, convirtió su aventura en un gran éxito.

No perdonaba a nadie. Se convirtió en el azote de los corruptos y ese fue su nombre. No se conformaba con difundir, perseguía y acosaba hasta que devolvían lo que robaban o los metía en la cárcel. Nadie descansaba, ni siquiera en sus paraísos fiscales o cambiando de vida, todos pagaban. Decidió tomar la justicia por su mano, ya que no era igual para todos. Ricos y pobres no se medían igual y ella no pensaba tolerarlo. 
Agresiva, no tenía piedad.

Se veía a sí misma como la nueva Robin Hood, Se carcajeaba en silencio de ellos y de ella. Sabía que no era bueno que se volviera justiciera, que seguramente cometía errores pero no soportaba ver el sufrimiento a su alrededor. 
Adoraba verlos perder. Todo. Su dinero, sus propiedades y sentirlos temblar, ante la posibilidad de verse en la calle, sin nada, despreciados, humillados y en su caso, sin ninguna dignidad. Quería que se vieran, pequeños y mezquinos, que palparan lo fútil y vano que era todo aquello que habían amasado a costa de mentiras, engaño y sufrimiento. Quería que se sintieran como ellos hacían sentir a aquellos que lo perdían todo, hasta la esperanza.

El azote de los corruptos fue creciendo en éxitos y en capturas. Cada vez más personas colaboraban, destapaban asuntos, no tragaban. María creía que empezaban a despertar las conciencias, el “basta ya”, no tolerar, no aguantar, denunciar. 
Crecía, crecía más y más miedos despertaban. 
Se iniciaron cazas y persecuciones buscando el origen, al propietario. Destruir, eliminar, aniquilar, que no se moviera nada, taparse entre ellos las vergüenzas y miserias.

María lo veía todo, lo oía todo y atajaba cualquier ataque. Eso era ser invisible.

Ahora, que se iba, había dejado su fortuna atada a su misión. Devolver la dignidad a un pueblo que no se merecía que lo engañaran. Dinero y poder al servicio de la honestidad. Era difícil encontrar eso, pero ella había dejado en buenas manos su imperio.

Ahora, desvelaba sus secretos, en una muestra de coquetería que se debía, después de tantos años de invisibilidad. Había grabado una confesión y su testamento en un vídeo, largo y exquisitamente pensado, para asombrar al mundo. Explicaba su historia y lo fácil que es engañar desde lo que no se ve, desde el anonimato y cómo es necesario dudar de las especulaciones y falsos oropeles. Reivindicaba lo auténtico, la solidaridad y la nobleza, valores que iban desapareciendo. 
Dejaba su legado en marcha, esperaba que atado y bien atado. Quería haber contribuido un poco a limpiar una sociedad que la asqueaba, a recuperar la dignidad y el orgullo de aquellos que ningún mal hacían.
Antes de cerrar los ojos recordó la frase del pequeño principito, Lo esencial es invisible a los ojos.

Se moría, pero su obra seguiría y cada vez que un corrupto dudara, ella habría triunfado.

Conxita

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Conxita

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