Malena sintió que se le escapaba una lagrimita. En los últimos tiempos era
como estar subida en una montaña rusa emocional en la que el mundo que conocía se le escurría
a toda velocidad.
9 de febrero de 2019
19 de enero de 2019
El club de los poetas muertos
Quiero que encuentren su propio
camino
Dead
Poets Society de KLEINBAUM, N.H.
Rosa dejó el libro sobre la mesa y se levantó. Sus
articulaciones protestaron. «¡Estos huesos no me dan descanso!» El peor
momento era por la mañana cuando se levantaba de la cama parecía una vieja que tuviera
cien años, después ya iba doliendo menos.
Cogió el papel de un rojo
intenso con hojas de plata que había comprado para envolver su regalo.
«¡Precioso! Será el marco perfecto».
Acarició el libro. «¡Cuántos recuerdos le traía!» Recordaba la emoción cuando
lo había comprado y un instante después llegó la punzada de la decepción inmensa. «Sí,
pasaban los años pero no se olvidaba».
5 de enero de 2019
De terapias, turistas, Karma y otros
Habían contratado una excursión para el fin de semana pero no admitían
mascotas así que dejaron a Tanka[1] en ese hotel, al menos así se vendían en las
redes sociales. Cuando la recogieron estaba muy nerviosa y llena de espigas que
la cuidadora, una hippie de largos cabellos blancos despeinados, no había
retirado porque las plantitas eran
naturales igual que retozar y tener sexo. La mujer les había sonreído
mientras repetía lo libre que había sido
la dulce Tanka solazándose por el
campo.
Laura y Sofía se miraron con dudas porque su perra odiaba ensuciarse, revolcarse entre las hierbas o pasear si llovía. Sofía dijo con toda la razón que ¡A esa hippie demodé lo que no le iba era cepillarla!
Retirarle todas las espigas, desparasitarla, dejar su pelo reluciente y bien peinado les costó un par de días igual que intentar sanar esas patitas poco acostumbradas al campo, tan poco que una de ellas seguía con una herida que supuraba cada vez con peor aspecto.
Laura y Sofía se miraron con dudas porque su perra odiaba ensuciarse, revolcarse entre las hierbas o pasear si llovía. Sofía dijo con toda la razón que ¡A esa hippie demodé lo que no le iba era cepillarla!
Retirarle todas las espigas, desparasitarla, dejar su pelo reluciente y bien peinado les costó un par de días igual que intentar sanar esas patitas poco acostumbradas al campo, tan poco que una de ellas seguía con una herida que supuraba cada vez con peor aspecto.
Encontraron un veterinario cerca del apartamento alquilado. Al entrar el
veterinario los recibió con una media sonrisa, apagó con desgana el cigarrillo. Vestía una túnica que en
origen había sido blanca y ahora era de un color indefinido que parecía flotar igual
que los cabellos largos muy rubios. Lo acompañaba una música de fondo New age[2] así
como una combinación de incienso y marihuana. Todo en aquella isla recordaba la
estética de los sesenta.
El hombre acarició a la perrita mientras movía sus manos alrededor del
animal para acabar declamando con voz de tenor que «ese animal estaba sufriendo mucho».
20 de diciembre de 2018
Te deseo tiempo
Me hubiera gustado actualizar el blog con un nuevo relato antes de Navidad pero en estas fechas todo parece volverse urgentísimo y para ya, eso ha hecho que me resultara imposible hacerlo.
¿A vosotros también os pasa? Antes de las vacaciones, a final de año... De repente es como si no hubiera un mañana, como si no existiera el día después y está el de después, el otro y el otro hasta completar los 365 o 366 si es bisiesto.
Así que a falta de relato he decido hacer mi particular felicitación para estas fiestas, deseando lo mejor para todos vosotros en estos días y para el nuevo año.
Son fechas especiales, con luces y sombras pero se diría que las ciudades quieren mostrar su imagen más luminosa y a mi me gusta mirarlas con ojos de niña.
Y a su lado la preciosa Casa Amatller de Puig i Cadafalch, sin apenas iluminación, parece mirar sin resentimientos a su famosa vecina.
2 de diciembre de 2018
No rendirse nunca
No darse por vencido es el único triunfo posible del que va perdiendo
Las lágrimas son el deshielo del dolor
Benjamín Prado. Aforismos
Ana miró a su amiga, poco podía decirle más que estaba en su derecho de
sentirse así, que no era justo y que la vida con frecuencia golpeaba a los que
menos lo merecían pero todo eso ella ya lo sabía así que se limitó a
acariciarle la mano y a continuación la abrazó mientras ambas lloraban, incluso
el silencio estaba lleno de congoja y desesperación. Las profundas ojeras de Laura
mostraban el calvario por el que estaba pasando, noches en vela y las
preocupaciones que la acompañaban en su guardia esperando que su madre mejorara.
Ahora se había añadido la falta de esperanza que médicos y enfermeras dejaban
traslucir en cada conversación que tenían con ella y ya no tenía fuerzas para
ser valiente.
En ese silencio en el que no era necesario decir nada estuvieron un buen rato.