Claudia mira el lápiz. Lo coge dándole vueltas entre sus dedos mientras una
sonrisa vuelve a sus labios.
«Si pudiera hablar… todo lo que contaría». Aliado fiel a lo largo de muchos
años y un puntal imprescindible para su seguridad, aún ahora la acompaña en el
bolso.
«Mamá»
La echa de menos, sus abrazos cálidos, los besos de mariposa que la hacían
reír y esas cosquillas que tanto la molestaban pero que ahora evoca con
nostalgia.
Aún puede recordar el día que le dio ese regalo. Todo lo que mamá hacía
siempre estaba envuelto en un no sé qué de misterio, en una delicadeza y en un
gusto exquisito. De hecho era casi tan precioso el envoltorio en el que lo
escondía, como lo que había en su interior, ¡daba pena deshacerlo! Así fue con
aquel paquetito, envuelto en un atractivo papel de resplandecientes reflejos
acharolados, de un color dorado y cruzado con un lazo de diminutas estrellas,
«tan bonitas como tú» le había dicho en el momento de entregárselo.

