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No podía ser... Se percató que se movía sin sentido, de un lado a otro,
casi sin darse cuenta. Los latidos de su corazón tan fuertes que creía no
resistirlo. Tenía que calmarse o le cogería algo.
¿Qué hacía él allí?
Sus miradas se encontraron a través del cristal del escaparate.
Un ramalazo
de calor subió por todo su cuerpo. Descarga de adrenalina pura. La emoción lo
embargaba, en cada uno de los poros de su cuerpo, instalada en su estómago y su
corazón repiqueteaba estrepitoso. Sofocado, se había ruborizado como un adolescente
y sólo podía mirarlo.



