23 de noviembre de 2014

Siempre hay una salida




Son las 14.30 de un día cualquiera, Clara está sentada en un asiento de un vagón de metro. A su alrededor, personas desconocidas que van y vienen.

Y de repente, hay alguna cosa distinta. Sus ojos intentan enfocar, darse cuenta de qué es lo que hay de diferente. Resiguen el espacio más cercano del vagón y allí está…una pequeña cosa que se mueve, alguna cosa extraña, que no toca.

Con una mirada inquisidora la sigue, intentando identificar qué es y entonces llega el reconocimiento. Se trata de una pequeña mariposa blanca, muy pequeña, un diminuto ser asustado y descolocado, fuera de lugar, intentando entender un mundo que no le toca.

¿Qué hace allí? Cómo ha llegado a ese vagón? 



Mientras, la mariposita evoluciona de un lado a otro, en un pequeño perímetro, diminuto como ella misma. Su aleteo, nervioso, buscando una salida que no encuentra. Clara se da cuenta de que nadie la mira, nadie la ve, a nadie le importa.

Cierra sus ojos, intentando olvidar el vuelo inútil de la mariposa que se estrella una y otra vez contra la puerta cerrada.
La chica mira a su alrededor. Unos cuantos seres humanos sentados en otros bancos de ese mismo vagón. Algunos leen un libro, otros hojean un periódico, la mayoría miran sus móviles.

La mariposa blanca sigue su recorrido por el vagón. Su breve aleteo, sus pequeños impactos contra la puerta. Clara vuelve a mirar las caras indiferentes de sus compañeros de viaje y se da cuenta que la angustia de la mariposa es la de muchos de los ocupantes del vagón. Se fija en algunos rostros contraídos por la preocupación, por la tristeza o quizás por la desesperación…son tiempos difíciles para todos. Cada vez hay menos buenas noticias para mantener viva la esperanza, todo son problemas, todo son dificultades. La gente no se mira, no comparte y así evita las preocupaciones de los otros.
Clara observa las caras de sus compañeros de viaje. Los hay indiferentes, los hay pensativos, los hay tristes, Se da cuenta que quizá no son tan diferentes de la angustia de la mariposa, que la melancolía se contagia, que la desesperación se pega y que la tristeza no discrimina entre las personas.
A su alrededor, un hombre contempla obsesivamente su móvil, como si fuera la respuesta a todas sus oraciones. Una pareja de ancianos, sus rostros llenos de arrugas, hablan entre ellos con la complicidad que dan muchos años de convivencia. Más allá unos estudiantes con sus carpetas, van o vienen, rompen el silencio con sus risas y sus voces juguetonas.
Clara los mira y se da cuenta de que sonríe, su alegría y despreocupación es pegadiza, también se transmite.

Ahora la pequeña mariposa aletea furiosa, su cuerpecito golpea con feroz insistencia. Ha encontrado una pequeña ranura por dónde ha intuido que puede llegar la libertad. 
El tren entra en una estación. Se para. 
Clara se da cuenta de que nadie parece querer entrar ni salir por aquella puerta por la que intenta escapar…pobre mariposa.
De repente, una mano igual de pequeña, abre la puerta y la mariposa escapa. La chica se encuentra con los ojos de una niña que ríe mientras la mariposa vuela, lejos del vagón, buscando la salida. Clara lee el nombre de la estación y recuerda que allí cerca hay montaña y entonces también sonríe.

Sus ojos de nuevo se encuentran con los de la chiquilla, se miran con complicidad y alegría. La pequeña mariposa ha podido salir, seguro que ahora encontrará la salida, porque siempre hay una salida.

C.Casamitjana
SAFE CREATIVE
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fOTO BY uNSPLASH 





2 comentarios :

  1. Muy bonito, muy poético y lleno de esperanza.
    Yolanda

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    Respuestas
    1. Cuando parece que todo está perdido, siempre hay una puerta que se abre. No rendirse, no tirar la toalla, justo en un tiempo en el que parece que se ha perdido la esperanza.

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Mil gracias por tu comentario.
Conxita

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